30 de Marzo 2006

Resurrection

De forma inesperada, "Peugeotito" ha vuelto. Digo inesperada porque nadie sospechaba que mi padre estuviera tan loco como para dejarme arreglar un coche que, cada vez más, tiene un preocupante parecido a una lata de sardinas. Eso era lo que pensaban todos. Ya nos habíamos hecho a la idea de no arreglarlo. Incluso estaba de acuerdo mi pobre madre, que es a la que le he estado quitando el coche este mes, y que me odia un poco porque se lo he llenado de mierdas (es que, de alguna forma, mi coche acaba lleno de papeles y cosas absurdas, como si fuera mi cuarto pero en -muy- pequeñito).

El caso es que ha vuelto. Un amigo mío dice que es como Buffy, que resucita continuamente. Lo recogí el lunes del taller. Me está costando volver a cogerle el punto, no sé si porque he perdido la costumbre, o porque le tengo algo de miedo, o si porque le han cambiado tantas cosas que en realidad no es el mismo coche. Pero a pesar de que todo el mundo considera que es una carraca, me gusta, lo echaba de menos. (No digo que no sea una carraca, pero en fin... ¡es mi carraca!)

Dicen que no hay relación perfecta. No me importa que no tenga aire acondicionado, que por un retrovisor no se vea y por el otro tengas que asomarte bastante para no pegártela, ni la dirección resistida. Son males menores. Pero lo que no puedo soportar es que la radio haga saltar los discos a cada bache. Al principio no era tan grave, ocurría sólo de vez en cuando, pero luego fue a peor, y estos tres últimos días no podías pasar ni por encima de una línea pintada en el suelo con un poco de relieve sin que se comiera un par de estrofas de la canción que estuvieras oyendo. Así que tomé la drástica decisión de comprar una radio para cintas, visto que los cds son un avance tecnológico incompatible con mi coche.

He ido esta tarde en busca de lo más barato del mercado. El mercado es otro de esos lujos que no puedo permitirme: la puñetera radio me ha costado 45€. Y además, mi coche no va a perdonarme nunca que le ponga semejante cosa. Lo he sabido cuando el hombre de la tienda ha empezado a desembalarla y la he visto ahí, plateada y con sus botoncitos azul eléctrico, ideal para un amante del tunning. Venía hasta con una pegatina de regalo para pegar en el coche, en la que se lee, con letras de fuego, el nombre de la marca: Roadstar. Muy poético todo.

He sentido algo parecido al horror, pero no sé si era por la visión de aquel engendro o por lo que estaba a punto de hacer. Porque sí, la he comprado, es a lo que llega una arrastrada por la desesperación. Y como no tenía más dinero, he decidido instalarla yo misma. He desmontado la antigua radio, he memorizado qué cuatro cables de los treinta y pico que había eran los que tenía que conectar y, con mucha confianza en mí misma, la he quitado. Con ayuda de una amiga mía que, con más paciencia que un santo, iba cortándome la cinta aislante (y comiéndosela, porque no teníamos tijeras y la pobre ha tenido que cortarla con los dientes) he comenzado mi obra de alta tecnología. Los cables del coche salían como un pulpo del hueco para la radio y, antes de que hubiera unido nada, algo ha pegado un chispazo tremendo.

Para resumir la odisea, diré que he instalado y desinstalado las radios tres veces (seis en total, vaya). La primera, pues eso, la primera. La segunda, porque había dejado puesta una pieza en la radio nueva que hacía de tope y que sólo podía quitarse por la parte de detrás, la de los cables. La tercera, porque, una vez que todo estaba instalado más o menos perfectamente, no se encendía, y he deducido que con el chispazo me he cargado algún fusible y, para comprobarlo, he vuelto a instalar la radio antigua.

Y sí, me he cargado algo.

Así que mi coche ha vuelto, pero ahora es mudo.

¿Qué cara pondrán mañana cuando me vean aparecer otra vez los del taller? Y sobre todo, ¿cómo les explico yo la de gilipolleces que he hecho en una sola tarde...?

Escrito por RedLabel a las 11:02 PM | Comentarios (3)